sábado, 19 de enero de 2013

Juguetes y cajas


Pasadas las horrendas Navidades es tiempo de reflexión. Como todos los años. Nuevos propósitos, nuevos proyectos, nuevas esperanzas para el nuevo año que comenzamos. Al año nuevo le obligamos que sea prolijo en fortuna, abundante en suerte y generoso en esperanzas cumplidas. Todos los años igual. Y casi siempre los deseos se posponen para el siguiente año. Y se repetirá el tedioso mantra de bienaventuranza año tras año. Y pasarán los años.
Me dijo un amigo el otro día que le acojonaba que todo lo celebráramos comiendo, bebiendo y haciendo fiesta. Los nacimientos, las muertes, las resurrecciones, los goles...
La Navidad es credo, fe y ritual. Lo celebramos a lo grande. Todo se aprovecha de la Navidad. Casi todos quieren sacar partido de la celebración. Todos quieren ganar.

Con los niños, a través de "ese bendito misterio de los niños", como reza en su viñeta Miguel Brieva , sabio narrador social en su idea fija, descubrimos la magia de la fantasía del mundo infantil y nuestra incapacidad para entenderla.
En su tierna y cándida ignorancia, los niños desconocen el fin último de tan desmedida orgía de consumo y de tanta festividad ruidosa y misteriosa. Pero hacen uso del momento y lo aprovechan en sus interminables cartas a los benefactores reales o al orondo padre venido del polo.
Los niños -y niñas, según el actual patrón cultural antisegregacionista- viven en la Navidad un momento de irrealidad fantástica  y ensayan, sin saberlo,  conductas consumistas que en la edad adulta les harán ciudadanos responsables y consecuentes, -menos libres-  ayudando a la economía mundial y nacional, mucho más importante. Reproduciendo el modelo, reproduciendo el sistema.

Los padres les compraremos -felices, a pesar del dispendio, gasto, por lo general excesivo e innecesario, según la RAE-  juguetes, monadas y chifladuras consensuadas, a pilas y llenas de tornillos, made in China y planeadas en USA o EU.
Los niños, jugarán. Hasta el 8 de enero, que comienzan de nuevo el colegio. A partir de ese día cambiarán el contenido de nuestras ofrendas por el continente. Y así hasta que se cansen o nos cansemos y tiremos a la basura las cajas.
Y ahora, en el tiempo de la reflexión, ya solos, sin niños, nos preguntamos si no habremos pecado de codicia, en nuestra vehemente ansia de verlos felices. Siendo partícipes, ¿acaso no habremos sido infieles con el verdadero espíritu de la Navidad que nos dice que debemos ser austeros, solidarios, consecuentes y altruistas en nuestras relaciones, sin desear más de lo que necesitamos? Eso es, a buena fe, lo que nos diría un cura. Y tendría razón. Por ser cura. Pues es sabido que no hay más razón en los curas que la fe en su razón de ser curas.
Así pues, la Navidad, festividad tan necesaria para descansar y para reflexionar, se vuelve contra nosotros. Nos relajamos y perdemos el control del momento.
En Navidad enloquecemos. La salida nos la dan los niños: cambian plástico por cartón. Cambian "juguetes" por cajas. Para poder jugar.  Imitémosles. "Bendito misterio de los niños".


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