viernes, 30 de marzo de 2007

Arquitectura
El Racionalismo madrileño (yII)
Las piscinas

La cultura progresista de principios del siglo XX siempre tuvo entre sus objetivos un desarrollo armónico de mente y cuerpo y cuando la Segunda República llegó al poder, impulsó las dotaciones deportivas públicas y privadas. En Madrid, se promovieron piscinas para aliviar el calor del verano, ya que las vacaciones en la playa eran inasequibles para la inmensa mayoría de los trabajadores. En el Plan General de 1930 ya se proponía una gran zona deportiva y recreativa a orillas del río Manzanares y, siguiendo sus directrices, se levantó la piscina La Isla, que desapareció tras la Guerra Civil, y la Playa de Madrid -ahora en manos privadas- cuya buena arquitectura no es muy reconocible.

El siglo XX ha aportado nuevas tipologías arquitectónicas, y una de las más curiosas ha sido la de las piscinas públicas. No hay piscinas públicas en el siglo XIX en Madrid. Ha dido el siglo XX el queha visto cómo la ciudad se iba llenando de piscinas, primero a cielo abierto y luego cubiertas, democratizando los baños, al tiempo que, con el desarrollo de los años 60 y las segundas residencias, empiezabann a abundar las piscinas particulares, en su mayoría con la manida forma de riñón, copiada de la que Alvar Aalto hizo para la Villa Mairea, reproduciendo el contorno ondulado de un lago finlandés.


Piscina-Club Stella

Fue pionera en las piscinas después de la guerra civil, a las orillas de la calle Arturo Soria. Parece que su construcción fue planificada en tiempos de la República, auspiciada por el interés que hubo en aquellos años en promover las actividades deportivas. Pero lo cierto es que hasta después de 1939 no se iniciaron las obras.

La piscina club Stella fue inaugurada en 1947 por Manuel Pérez-Vizcaíno Pérez Stella y su esposa. El edificio fue construido imitando la sede de un club cercano al mar, quizá de un barco. El arquitecto Enrique Domínguez Unceta afirmó que su estilo pudo haber estado influido por el Club Naútico de San Sebastián.

La construcción de la M-30 recortó su extensión, pero aún era una de las mejores piscinas de la ciudad, especialmente tras la desaparición de la vecina Piscina Mallorca, en la misma calle Arturo Soria. Fue pionera en el top less e incluso tenía una terraza para practicar el nudismo muy cotizada por los amantes de esta alternativa. El edificio está protegido, lo que impide realizar obras que modifiquen su estructura.



Dos imágenes actuales de la Piscina Stella (Fotos: Erreka, 2007)


Tenía varias praderas independientes sobre las que se tumbaban decenas de personas, muchas de ellas clientes de toda la vida que sin salir de Madrid querían tomar unos baños en unas instalaciones que tenían calidad y un cierto encanto en sus porches y terrazas.
Emparentada formalmente con el racionalismo, la piscina Stella, nacida en la cornisa de Ciudad Lineal sobre la vaguada que ahora recorre la M-30, se ha mantenido milagrosamente intacta desde su construcción. Su silueta se asoma al puente que une Arturo Soria y Costa Rica y ofrece su perfil náutico a los conductores que saltan sobre la autopista urbana. Su blanca arquitectura evoca la imagen del puente de mando de un gran transatlántico de los años 30. Sin duda, está influida por el Club Náutico de San Sebastián (1930) de Aizpurúa y Labayen, que está considerado como uno de los edificios pioneros del racionalismo español. Precisamente esta obra de la arquitectura donostiarra habría que ligarla a uno de los proyectos más notables del zaragozano Fernando García Mercadal, que con su Club Naútico, de 1925, iniciaba una linea que más adelante se desarrollaría con profusión. También es pertinente asociarla con la piscina La Isla que diseñara Luis Gutiérrez Soto. Aunque su calidad formal sea menor, su composición es asimilable al racionalismo.

En realidad, la Piscina-Club Stella se inauguró en 1947, siendo sus promotores Manuel Pérez-Vizcaíno Pérez-Stella y su esposa, tomando como nombre uno de los apellidos del propietario. Según esto, estaríamos ante un edificio muy posterior a la fecha que se le ha venido atribuyendo hasta el momento, y la obra sería descendiente tardía y solitaria de un estilo que prácticamente desapareció tras la contienda civil. La evidente filiación estética del inmueble y su proximidad a las actividades promovidas durante la República, además del carácter progresista de los habitantes de la Ciudad Lineal en la que se ubica han otorgado a la piscina Stella un pasado más largo del que en realidad tiene, ya que cumple ahora 60 años de historia.

Cuando se construyó ocupaba una superficie mayor que la actual, que incluía terrenos ocupados ahora por la M-30. Sus vistas daban sobre la ancha vaguada que utilizaban los rebaños de ovejas, como la cañada que era, antes de que la ocuparan los coches. No cabe duda de que la sociología del barrio de Ciudad Lineal ha sido determinante en el origen y la conservación de la piscina Stella a lo largo de los años. Se pensó como piscina abierta al público previo pago, no era un club cerrado, era una iniciativa comercial que no tenía competencia oficial. El relativo apartamiento en el que se encontraba Ciudad Lineal respecto al centro, la falta de piscinas públicas en Madrid y la gran distancia a las instalaciones deportivas del Manzanares, hicieron que los vecinos considerasen Stella como una dotación deportiva de su propio barrio y la utilizasen intensamente. Esto ha contribuido al mantenimiento del edificio en un estado muy próximo al original. Es uno de los mejor conservados de toda Ciudad Lineal.


Imagen actual de la Piscina Stella (Foto: Erreka, 2007)

En el año 2000 un grupo inversor intentó hacerse con la propiedad, pero al conocer las limitaciones que imponía el edificio parece que optaron por retirarse. Se llegó a hablar de que un importante grupo iba a invertir para construir un gimnasio al estilo americano, con grandes salas preparadas para todo tipo de deportes.
Finalmente, parece que los propietarios han estudiado convertir toda la zona en un centro deportivo, con gimnasios y otras instalaciones para poder explotarlo todo el año y no limitar su funcionamiento a los dos meses de verano o a los caprichos del tiempo.


Piscina La Isla
Cuando llega el calor, los madrileños que no pueden salir de la ciudad ocupan las piscinas. No siempre fue así. Se trata de un fenómeno del siglo XX; el Plan General de 1930 tuvo la idea de dotar a la ciudad de dos zonas de baños sobre el Manzanares. Como un barco varado, surgió en una isla del río la más hermosa piscina que Madrid haya tenido nunca. Su vocación marítima se hizo realidad en las aguas del Manzanares y se encarnó en un edificio de formas navales de Gutiérrez Soto. La Guerra Civil destrozó el edificio; su memoria es la de un buque fantasma que permaneció varios años amarrado en el Manzanares.


Estampa de la piscina La Isla, junto al río Manzanares en la década de los 30 (Autor: Damián Flores)


El cambio del siglo XIX al siglo XX traería el interés por la naturaleza como escenario vinculado a las actividades físicas. El nuevo humanismo de librepensadores y libertarios otorgaba al individuo un nuevo papel en el que cultura y ciencia se daban la mano y el cuidado del cuerpo adquiría una importancia que no había tenido desde los tiempos clásicos. Surgen grupos espontáneos de naturistas, excursionistas, gimnastas, vegetarianos y culturistas, vinculados a ateneos y otras instituciones culturales, que propugnan el cuidado simultáneo de la mente y el cuerpo. Los baños de mar también han ido ganando prestigio en los mismos años, y la aristocracia y la burguesía se desplazan en verano hasta las costas (Santander y San Sebastián) para tomar baños de ola. La pasión por el agua se abre camino, rompiendo las ancestrales barreras de temor y definiendo una nueva relación a través de las actividades al aire libre.

Todo este conglomerado de nuevas ideas de salud determinó la aparición de las instalaciones deportivas y de ocio, un fenómeno que no ha dejado de crecer desde entonces, y que todavía no ha tocado techo ahora en el siglo XXI. Entre estas nuevas dotaciones urbanas destacan las piscinas públicas, que pretendían democratizar el baño urbano. Esto adquirió en Madrid un profundo carácter simbólico, que aminoraba la histórica nostalgia que los madrileños sienten por el mar.
El origen de todas las modernizaciones hay que buscarlo en tiempos de la Segunda República. En ningún otro momento había dedicado Madrid tanta atención a su río, aunque el Plan General de 1930 ya contempla un programa de espacios recreativos vinculados al Manzanares, y las primeras serán las piscinas que se realizan rápidamente coincidiendo con la república y el racionalismo. En Madrid encontramos tres pequeñas joyas de la época de especial interés y diferente suerte. La más hermosa, la piscina La Isla, desapareció sin dejar más rastro que el fotográfico y pictórico; otra, la Playa de Madrid, tuvo que travestirse en estilo imperial para sobrevivir tras la Guerra Civil; y la más modesta, la ya comentada piscina Stella, se ha mantenido ajena al paso del tiempo, conservando su perfil náutico como un refrescante monumento al racionalismo.
Primero fue La Isla. Era el año 1931 y allí estaba Luis Gutiérrez Soto, autor del formidable edificio del Cine Barceló de Madrid, dispuesto a resolver brillantemente, y con el nuevo lenguaje racionalista, todo encargo que cayera en sus manos, especialmente las instalaciones deportivas, de las que era autor y usuario entusiasta. El se hizo cargo de diseñar y construir la piscina en una isla del río Manzanares, y Madrid consiguió un balneario con imagen marinera que recordaba al Club Náutico de San Sebastián (emblema temprano del racionalismo español -1930- debido a Aizpurúa y Labayen).


Club Naútico de San Sebastián de Aizpurua y Labayen, 1930


Si la piscina La Isla era de iniciativa privada, inmediatamente aparece otro empeño público similar, aguas arriba del río: la Playa de Madrid (1932-1934), primera playa artificial de España, para la que se construye un embalse en el Manzanares. Manuel Muñoz Monasterio diseña los edificios en el estilo racionalista de aquella modernidad. Si La Isla era elitista, la Playa era popular, pero ambas fueron destruidas durante la Guerra Civil y se voló la presa. Aunque la Playa de Madrid corrió mejor suerte, ya que fue reconstruida por el mismo autor en 1947, camuflando su estilo internacional con los tejados de pizarra y pináculos que imponía el retrógrado nacionalista triunfante.


Dibujo del Cine Barceló, de Gutiérrez Soto (Autor: Damián Flores)


Si la piscina La Isla desapareció y la Playa de Madrid sobrevivió camuflada como club elitista en estilo imperial, otra iniciativa privada de los años 30 se ha mantenido como solitario emblema de la estética racionalista: la piscina Stella, que ha seguido abierta, en funcionamiento, y ha conservado una intacta imagen náutica asomada al río de coches de la M-30. Quizá debe su supervivencia al temperamento moderno, deportivo e higienista de los habitantes de la Ciudad Lineal, que escogieron aquella zona para estar en contacto con la naturaleza y mantuvieron en uso uno de los mejores espacios de la arquitectura de ocio de la capital.

En tiempos más cercanos irían apareciendo otras piscinas de menor valor arquitectónico, al tiempo que se generalizaba su uso entre los madrileños. A ello contribuyó el famoso Parque Sindical, más conocido popularmente como la charca del obrero, de la que se dijo en su momento que era la mayor piscina de Europa, de uso masivo durante los calurosos meses de verano, incorporada a la memoria colectiva de millones de niños madrileños de posguerra. Otras piscinas municipales ocupaban lugares privilegiados, como la Casa de Campo, otras surgían cerca del río, y diversas instituciones, como las universitarias, construyeron sus propios espacios para el baño al aire libre, convirtiendo éstos en un derecho accesible que hoy sería irrenunciable.

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