sábado, 18 de noviembre de 2006

Cuestión de pelotas..., de golf

Es interesante observar el cambio de hábitos que con el paso de los años se ha ido produciendo en la población española. Si el cambio es para mejor, bienvenido sea. A eso se le llama evolucionar. Sin embargo, no todo es evolución. A veces se produce el fonómeno opuesto. Es decir, la involución. Y es reconocible que en algunos aspectos hemos retrocedido en varios miles de años. Moralmente -el único rasgo que como humanos nos diferencia del resto de los animales- seguimos en la época de las cavernas, lo que hace difícil que retrocedamos. No hay más que ver la facilidad que tenemos para resolver los conflictos a mamporrazos. Pero en otros aspectos menos espirituales, hay un rasgo de involución notable que llama la atención. Me refiero al desarrollo desde el nacimiento de unos apéndices glandulares externos a la altura del esófago, de un extraño color y rara forma. En realidad recuerdan a las mollejas del ganado ovino, lo que nos lleva a pensar en una primaria tendencia al gregarismo de los humanos.
Los apéndices en cuestión cuelgan de nuestro cuello y van creciendo con los años hasta tomar forma y color definidos: son pelotas de golf.
Campan las pelotas de golf por doquier y viven con nosotros. La afición al juego de la pelotita, venido de verdes y húmedas tierras, crece junto a nuestras pelotas glandulares y hace que pronto necesitemos habitar próximos a una pradera. Y al cabo, nos juntamos en dócil rebaño en torno a un campo de golf y hacemos de la afición nuestra vivienda. Pero pensándolo bien, todo ésto es comprensible. En un país de tendencias borreguiles, golfos y pelotazos, no podría ser de otra manera. Así que, ¡viva el golf y vivan las pelotas..., de golf!

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