miércoles, 12 de abril de 2006

Elecciones en Italia
¿Es este el fin
de la berlusconería?
M. Á. BASTENIER


El País, miércoles 12 de abril, 2006

El jefe de Gobierno italiano que más
tiempo ha durado —cinco años— en el
poder desde la II Guerra Mundial, y también
el que más veces ha sido perseguido
por la Justicia —12— Silvio Berlusconi,
ha sido derrotado y cabe que eso sea el
principio del fin de su carrera política,
pero lo que no va a desaparecer tan fácilmente
es Forza Italia, el partido que creó
hace 12 años. Si el gaullismo pudo sobrevivir,
al menos nominalmente, a la desaparición
de su gigantesco creador, el general
De Gaulle, todo es posible en el país
que abrigó su primera encarnación como
empresario y luego acunó su ascenso hasta
la presidencia del Consejo. Si Berlusconi
en carne mortal puede que no tenga ya
mucho fuelle, en nada garantiza ello el
fin de la berlusconería.
Y más que preguntarse por qué Berlusconi
ha perdido ante una figura que dista
todo de ser arrebatadora como la de Romano
Prodi, el político que más se parece
al tío de la familia que todos hemos tenido,
tan honorable como letárgico, sería
útil tratar de desentrañar por qué ha podido
ser candidato y ganar dos veces las
elecciones legislativas.
Lo que parece de cajón es que, en contraste
con la politique politicienne de la
Primera República italiana decorada de
cohechos, comisiones y compadreo, la figura
de Berlusconi atrajo a los italianos,
que habían dicho basta a la política convencional,
y decidido dar su oportunidad
a otro tipo de feriante. Eso es sin duda
cierto, pero, quizá, tan sólo la punta del
iceberg. Italia es un país cínico, católico y
mediterráneo. El puñado de certezas de
sus habitantes es limitado, porque, aun
constituyendo una nación de inveterados
optimistas, nadie ignora que, como dice
el novelista barcelonés Enrique Vila-Matas,
todo acaba siempre mal.
La opinión italiana no buscaba honradez,
ni simplemente eficacia, en su descubierta
para encontrar a alguien diferente
que dirigiera el país. A la Italia de la
posguerra le fue, cuando menos desde un
punto de vista económico, estupendamente
bien. Ese país, sexto o séptimo
más rico del mundo, se inventó entre
1945 y 1980.
El italiano medio, en cambio, no quería
dudas, ni hacerse ilusiones, ni ver cómo,
uno tras otro, los políticos tradicionales
eran derribados del pedestal al que
ellos mismos se habían aupado. Los italianos,
diferentemente, nunca tuvieron
motivo para creer en la honradez de Berlusconi.
Como pueblo educado en el sabio
principio católico del lucrum cessans,
no podía confundir con una muestra de
limpieza de espíritu que alguien quisiera
ser a la vez jefe de Gobierno y dueño del
90% de la información televisada del
país.Y si cabía alguna duda de la no idoneidad
de Silvio Berlusconi para ejercer la
cosa pública, la docena de procesos incoados
contra su persona, y la serenidad
con que se libraba de ellos haciendo aprobar
leyes que le dejaran a salvo por prescripción
del delito, no podían dar lugar a
engaño. Italia votaba —y en buena medida
lo sigue haciendo— a alguien que
sabe que difícilmente va a ir al cielo, pero
que tiene dos méritos esenciales: tener
mucho dinero, que es lo que deseamos
todos en el mundo occidental, pero los
italianos sí lo reconocen; y alguien a
quien poder mirar, pese a todo, por encima
del hombro: un ser de una vulgaridad
y un mal gusto excepcionales, pero
exitoso en la vida. Un reconstituyente
vital para una nación antigua que estaba
ya francamente harta de jefes de Gobierno
tan parecidos entre sí, personajes de
alta cultura frecuentemente vaticana, de
De Gasperi a Andreotti, y uno de ellos
hasta experto en Santa Teresa, que se lo
cocían todo en un círculo íntimo y exclusivo,
del centro-izquierda para la derecha.
En contaste con todo ello, Silvio Berlusconi,
con su aspecto de guiñol de sí
mismo, tan pagado de su suerte que era
capaz, parecía, hasta de creer en su virtual
inmortalidad, les hacía sentir a todos
los italianos como mucho más en
democracia. Las Notas para una definición
de la cultura lo que nos dice es que la
cultura no es para todos y que en el mundo
del líder italiano saliente —y es de
suponer que va a salir mucho— todossomos, por fin, iguales.

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