martes, 24 de enero de 2006



Mediocridad.
Un mediohombre sube casi deprisa por la calle. Suda casi exageradamente y su respiración es medio jadeante y entrecortada. Tiene la camisa casi pegada al medio cuerpo y siente casi más que nunca la opresión de los pantalones en su cintura. Es un mediohombre de mirada profunda y gesto casi grave. Su expresión es de las que medio deja el rastro de la inquietud en quien la observa. No sabe el mediohombre que cuando mira transmite angustia y casi desasosiego. Pero el mediohombre que camina con prisa por la calle pisa con la fuerza de un tanque, casi seguro de sus pasos, ajeno casi por completo a las miradas medio esquivas que le acusan de ser casi normal.
El sol del mediodía casi castiga como de costumbre. En pleno verano la ciudad es casi brasa al rojo vivo y el calor medio acompaña de día y de noche. Casi nadie conoce el destino del mediohombre apresurado. Tampoco se lo han preguntado. A quien le importa. Sólo él medio sabe a dónde y casi cuándo ha de llegar. La figura del mediohombre apenas se distingue entre la gente que, como él, avanza apresuradamente por la calle. Su casi llamativa camisa de flores se medio confunde con el irisado tumulto de millares de personas medio vestidas a la casi última moda, temporada de verano de los grandes almacenes, multicolores semovientes todos casi iguales. Lleva unos estrechos medio pantalones, como bermudas, casi negros, de rayas medio blancas, o quizá medio blancos de rayas casi negras, que parecen casi dibujadas a mano, irregulares en el trazo, de diseño medio actual. Sobre su cabeza un enorme sombrero de paja. Como calzado, unas casi negrísimas botas de cuero con cremallera medio ceñidas a los tobillos. Al llegar a la altura de un gran escaparate, el mediohombre se acerca al cristal y medio observa su imagen reflejada. Moviendo la cabeza sin pausa de arriba a abajo, de izquierda a derecha, medio deja escurrir su mano derecha hasta el bolsillo trasero del pantalón y encuentra un paquete casi medio vacío de tabaco casi rubio, medio americano. Enciende un cigarrillo y medio inhala una gran bocanada de humo cálido y medio espeso. Pausadamente lo expulsa y se medio coloca el extremo del filtro en la comisura de los labios. En ese momento su medio reflejo, que no ha dejado de mirarle en ningún momento, le hace un guiño de complicidad y, sonriendo, parece decirle "me caes bien, chaval. Casi me gustas". El mediohombre saca entonces unas gafas casi negras de un bolsillo de su camisa de flores y vuelve a medio mirarse casi de arriba a abajo. El también se medio gusta. Casi satisfecho, girando sobre los tobillos, da media vuelta y se va. Se va casi retomando el camino sobre las huellas propias que sus pasos casi seguros dejaron esparcidas. Se va para reconstruir su historia de vagabundo errante. Para medio inventar su siempre misma vida de mediotranseunte que imaginó una vez. Y a lo lejos lo medio vemos, subiendo apresurado por la calle nueva, por la de siempre. Su mirada sin rostro, perdida entre la muchedumbre, escruta al viandante y con gesto grave se enfrenta nuevamente a otro escaparate para mirar, fumar, medio gustarse. Pisa otra vez raudo su casi sombra de mediohombre y de nuevo se va. Y, otra vez, el mediohombre sube por la escalinata casi pina y se medio pierde entre el tumulto de medio transeúntes medio peatones, medio gente . Al tiempo, medio suda, jadea, medio mira, fuma, medio pisa, sube,casi camina, satisfecho de sí mismo medio gustándose. Y así siempre, o casi siempre.

No hay comentarios: