miércoles, 25 de enero de 2006

Carlota esperando.

Carlota fuma esperando. Un jarrón de alabastro que contiene romero y flores de cantueso la mira. No es jarrón, sino búcaro, se dice Carlota. No es de alabastro, sino de ónice. De un verde oscuro son las finas agujas de romero. Violetas, casi negras, son las flores que pendulan de un vértice al otro de la mesa, marcando el compás monótono del tiempo.
Carlota observa indiferente el vaivén inexplicable de la lámpara en el techo. "Tic-tác, tic-tac" se escucha en la habitación. Carlota mantiene entre sus dedos un cigarrillo con la ceniza a medio caer. Su casi clandestina mirada atraviesa un mar de humo y se detiene en una esquina. La sombra del péndulo inquieto del reloj dibuja el tiempo en la pared. Carlota fuma esperando y piensa. El búcaro cambia de posición da un salto y Carlota disimula. Hace ver que no se ha dado cuenta. El tiempo pasa y Carlota fuma esperando. Las colillas se amontonan en el cenicero amarillo. El suelo ajedrezado de baldosas sueltas que tosen polvo a cada paso no sabe o no quiere saber lo que es el tiempo y aguanta dignamente su decadencia.
El también ha notado su incómoda presencia. El tiempo ha modelado la tosca silla de pino, el búcaro, la mesa , a Carlota y ha dejado su impronta. El único inalterable es el reloj. Siempre el mismo el reloj. Con su misma cara, siempre el mismo. Con su, siempre, mismo, compás inagotable. Piensa Carlota mientras fuma. Fuma mientras espera. Espera y el tiempo pasa. Pasa la noche y llega al día y el día vuelve a dar paso a la noche. Y así día tras día, noche tras noche. Una vez Carlota se sentó en su tosca silla de madera. Encendió un cigarrillo y se puso a pensar. Jugaban sus dedos con las perlas blancas de su collar nuevo y de su pequeña boca de apretados labios de fresa salían palabras rebosantes de ternura que el búcaro de ónice guardaba para sí. Cada vez que se llevaba el cigarrillo a la boca su gran pulsera de plata rozaba sus pechos mínimos. Estos parecieron despertar y la fina blusa de seda que los cubría cambió de aspecto creando nuevas formas en movimiento como si de ondas marinas se tratara. Las flores, lila oscuro, de cantueso exhalaban su acre aroma y la tarde se apagaba poco a poco. Una luz arrebolada tiñó el cuarto y el "tic-tac" del reloj aún se hizo más sonoro.
A Carlota le entristeció aquel sonido. Miró a su alrededor y entendió entonces porqué todo envejece con el paso del tiempo. No es el tiempo el que pasa. Somos los seres mudos del universo los que pasamos delante suyo sin notar su presencia . Por eso él siempre es el mismo. Por eso nosotros cambiamos. Su monótono compás es su manera de decirnos que está aquí. Por eso él dibuja su rostro en la pared y nos habla siempre con la misma imperturbable voz. No es el tiempo el que pasa sobre los seres y sobre los objetos. Son los objetos los que dejan que la voz del tiempo se marche.
Carlota fuma esperando y piensa. El reloj marca el compás en la pared y la lámpara le sigue con la vista en su vaivén inexplicable. Sólo el búcaro no existe ya en la habitación. Se ha ido con el tiempo de la mano. Flores secas de cantueso salpican la vieja mesa y una rama de romero se deshace en tiesas agujas que, como las del reloj, son pura fantasía. Nada de lo que vemos existe ya, cuando el tiempo pasa y se lo lleva.

No hay comentarios: